Elecciones de vida.
No siempre sabemos, al levantarnos de la cama una mañana cualquiera, que ese día puede cambiar el rumbo de nuestras vidas.
Era una mañana de verano, en los últimos días de Diciembre del año 2005. Desayuné mi sagrado café matinal, terminé de repasar por tercera vez mi lista de cosas que no debo olvidar y salí a la calle cargada con un bolso, una valija y la enorme expectativa de lo que estaba por venir. Me encontré en Retiro con mi amiga Guillemette, una de mis amigas francesas a las que infelizmente hace años que no veo; y la vida ya estaba cambiando su curso.
Mi primer viaje fuera de las fronteras de mi lindo país blanco-celeste. Color de cielo.
El año nuevo nos encontró bronceadas, tomando caipirinhas y bailando por las playas de Florianópolis. Alguna vez me dijeron que, en donde sea que te encuentre la llegada del nuevo año, es donde pasarás el resto de él. Metafóricamente, claro. Y puede que sea cierto. El 2006 fue un año de fiestas y alegrías. Un año de conocer mundos y personas nuevas. Un año de despedidas también. Pasada esa primera semana nos dirigimos a Curitiba. Ella para pasar una noche, y luego seguir viaje hacia Río de Janeiro, yo para participar de las “Oficinas de Música de Curitiba”. La verdad es que esos talleres duran 10 días, y yo me quedé tres semanas. Curitiba es hermosa.
Llegué a Curitiba uno o dos días antes del comienzo de clases, así que tuve tiempo de pasear un poco y conocer a las personas de CELU “Casa do Estudante Luterano Universitário”, que fue donde me hospedé durante toda la estadía. A los pocos días este albergue y la ciudad toda estaban repletos de músicos jóvenes, de diferentes regiones de Brasil, y algunos de otros países. Muchas anécdotas guardo de esta experiencia. Pero es una la que cambió el rumbo de mi vida: B.A. (Mi novio tiene las mismas iniciales que mi querida Buenos Aires).
Era la mañana del 5 de Enero de 2006. Luego del siempre divertido café da manhã, asistí al primer día de clases. Y ahí estaba él, lindo de “morirse con una sonrisa en los labios”. Y yo, con la extraña sensación de haberme topado con una de esas pocas personas a las que vale la pena aferrarse en la vida. Los detalles no los voy a dar, porque son sólo nuestros, como él supo decirme.
Curitiba durante esos diez días es el paraíso de cualquier músico. Clases, encuentros, y oportunidades para tocar con infinidad de músicos diversos durante el día. Y durante la noche, los conciertos diarios, más las reuniones en las casas de los Curitibanos y en los bares de la zona. Difícil no enamorarse, un poquito al menos. Además de todo ésto yo me di el lujo de pasarme el resto de los días paseando y conociendo las muchas posibilidades turísticas de la ciudad. El Museo Niemeyer (más tarde conoceríamos juntos el de Niterói, y le compraríamos un regalo de cumpleaños a Neneca durante el paseo), La Ópera de Arame, el Memorial de Curitiba, la Catedral… sólo me faltó el Jardín Botánico, al que no pude ir por exceso de lluvia.
Parece que fue hace tanto tiempo. 5 de Enero de 2006. Una mañana como otras. Y sin embargo mi vida ya no será jamás la misma.
“Someone up there is watching you, and those big brown eyes”.
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