El año pasado, para recibirme, escribí un trabajo sobre la creatividad en los espacios educativos. Fue placentero y estimulante poner en palabras una convicción que tiene tanta antigüedad en mí. Y es gratificante también, saber que hace rato que existen educadores, sociólogos y hasta psicólogos que andan escribiendo pensamientos semejantes. Encuentro mis inquietudes enmarcadas en nombres que inspiran cierto respeto, y eso ayuda a dar otro paso. No voy a publicar aquí ese trabajo, hasta porque sería muy extenso, pero quisiera sí proyectar esa propuesta a todos los otros campos de la vida. Porque, ¿qué sería del ser humano sin la creatividad? ¿Qué sería de todos nosotros si no fuéramos capaces de crear, de imaginar, de inventar y reinventar? Inventamos cuentos para los más chiquitos, caricias para quien nos es querido, excusas para justificarnos, sabores para alimentarnos con placer, sonidos, imágenes, vestimentas, cartas de amor… Existen grandes emprendimientos creativos, así como también existen pequeños gestos en lo que, sin ellos, serian simples repeticiones cotidianas. La creatividad lleva a sorprender y sorprendernos. Redecorar nuestra casa. Reacomodar el guardarropas. Improvisar cenas románticas. Inventar regalos. Volver a casa por un camino diferente. Caminar observando las partes superiores de los edificios, a espera de alguna manifestación arquitectónica. Detenernos a descubrir cuántos cantos de pájaros diferentes llegan por la ventana. Puede parecer que no, pero inventar pequeños momentos que hagan nuestro día especial, es un ejercicio creativo. Tanto como planificar una clase de música. Tanto como planificar una composición. Y es la práctica de ese ejercicio la que nos va a permitir redescubrir constantemente el mundo que nos rodea, así como redescubrimos a la persona amada a cada año que pasa: prestando atención. Abriendo los ojos, los oídos y el corazón.
¿Y para qué hacer todo esto? ¿Para qué tomarse la molestia de vivir inventando pequeñeces que a nadie importan?
Bueno… esa es una opción personal. Lamentablemente (o por suerte), yo soy como soy, y me disgusta sobremanera irme a dormir y no poder pensar en algún momentito que sea, de ese día, que haya valido la pena. A veces, las menos, son satisfacciones mayores. Conseguir un trabajo que deseaba mucho, pasar un examen difícil, finalizar satisfactoriamente una composición, el cumpleaños de alguien especial, en fin… esas cosas que suceden sólo de vez en cuando. La mayoría de las veces son apenas pequeños placeres, proporcionalmente más intensos cuanto más creativa yo haya amanecido ese día. Pero como todo en la vida, es cuestión de práctica. Tal vez no se pueda comenzar por pintar un cuadro, pero se puede hacer el bosquejo. Tal vez no sea el mejor poema, pero puede ser el primero de muchos. Tal vez yo no sea nunca una chef profesional, pero al menos he descubierto en mi una moderna aprendiz de cocinera.
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