12 de novembro de 2009

La fragilidad se ha apoderado de mí.

Escribo mis penas con lágrimas sobre el vacío espeso que anuncia una desgracia cuya anticipación llega a ser aún más hiriente que la desgracia en sí. (Anduve leyendo Cortázar.)
Siento en la piel un escalofrío de presentimientos indeseados.
Dos veces en la vida sentí algo similar, solo que más intenso y considerablemente más breve. En ambas ocasiones alguien cercano a mí murió. No ocurrió lo mismo cuando se trató de mi querido abuelo, a quien no paso un día sin recordar. No presentí su muerte, aunque sabíamos que estaba aproximándose. Fue de madrugada. Yo me encontraba dormida cuando sucedió. Pero inclusive en esa ocasión tan personal, tuve la oportunidad de despedirme de él la noche anterior. Aún hoy creo que él consiguió oír mis palabras.
Llevo noches sin dormir. No, miento, anoche conseguí dormir en la felicidad de la paz conyugal. Pero esta tarde volvió a mí la oscuridad.
Sé lo que vas a decirme, madre. Lo sé desde lo profundo de mi dolor, pero hay cosas que no se pueden cambiar. Es tarde. La falsedad me aterra. Me desnuda. Me arroja, vulnerable, en un mundo de lobos feroces.
Tengo tanto miedo de que se quiebre lo que costó tanto construir.
Es irónico cómo, con una pequeña decisión, puede modificarse para siempre el curso de una historia. A veces con decisiones aparentemente inofensivas.

De mañana cuido de la casa. La sensación de normalidad, de seguridad del hogar, me reconforta.
De tarde camino por la ciudad, o salgo a correr por la orilla del río, con la esperanza de alcanzar aquello que se me escurre de las manos.
Por la noche salgo a fumar, rezándole a Iemanjá que me adopte y me proteja. En esos momentos creo que comienzo a entender la necesidad de las religiones sobre esta tierra.

Siempre buscando al príncipe azul que me salve y me lleve lejos. Que me convierta al judaísmo si hace falta, pero que me lleve con él, limpiando mi pasado. Besando mis cicatrices.
Lo frágil ha tomado el lugar de la liviandad. El aire está pesado. La resignación lucha contra el resentimiento.
De nuevo el amor aparece como única opción de salvación. Pero quién cuida del amor? Quien vela por él?
Mis plantas se están muriendo, anunciando así una futura mudanza. A donde será esta vez? Quien irá de esta vez?

Tanta tragedia no está justificada. No sucedió ni va a suceder nada grave. Nadie va a morir. Y sin embargo…
He visto, por primera vez, la mentira en los ojos de mi vida.

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