Es verano otra vez. El calor agobiante de Enero ya se hizo sentir. Estoy en Buenos Aires, lo que no es raro, salvo por el detalle de que estoy de vacaciones. Ironías del destino.
Buenos Aires en Enero es un problema. Mucho calor, mucha humedad, pocas actividades. Así y todo conseguimos pasar los días paseando, caminando, comiendo facturas, yendo a las diferentes atracciones que ofrece la ciudad. El Zoológico se lleva el primer puesto. El Tigre se lleva el segundo. Las ofertas y los outlets (en relación con el Real acá aún encuentro algunos productos a mitad de precio) el tercero.
Caminar por Avenida de Mayo, ir a los conciertos gratuitos en la Costanera Sur, disfrutar de los innúmeros bares de Buenos Aires. La famosa noche porteña. Imperdible. Así como la lluvia de papel del 31 de Diciembre. Adoro la lluvia de papel. Hace algunos años atrás (demasiados como para ponerme a hacer la cuenta) estaba trabajando por el centro, microcentro exactamente. Era el último día hábil del año, se trabajaba menos horas, claro. Estaba yo caminando por Florida (peatonal que atraviesa el microcentro porteño) haciendo trámites y esperando ansiosamente el horario de volver a casa para prepararme para los festejos de Año Nuevo cuando sucedió algo que no voy a olvidar jamás. Comenzó a caer sobre todos nosotros, extraños que por un instante nos volvíamos íntimos cómplices de situación, una bella y blanca lluvia de papel. Desde lo alto de las torres, de cada edificio, de cada ventana, se veían brazos y rostros sonrientes, arrojando al aire miles de papeles como quien se libera de la carga de todo un año. Y danzaron los papelitos en el caos de la city porteña. El viento formando remolinos, los rostros hacia el cielo, agradeciendo ese momento de felicidad casi privada, pues quien no es agraciado bajo la lluvia de papel pasa el fin de año sin siquiera recordarla. En pocos minutos todo el suelo estaba cubierto por papeles. Una gigante alfombra de papeles en toda calle Florida. Lentamente los empleados de las empresas de limpieza de la ciudad levantaban palas de alfombra blanca, sin conseguir disminuirla a pesar del esfuerzo en controlar la proliferación de recortes, tiritas e inclusive hojas enteras cuya utilidad ya no era más que la de liberar el alma de los oficinistas arrojando su felicidad por las ventanas. Adultos convertidos en niños. Magia en pleno corazón de Buenos Aires.
Fue la única vez en la que presencié la lluvia de papelitos a pleno. Vi pequeñas lluvias en otras ocasiones, a cada año en realidad, pero nunca una tan intensa.
El día 31 de Diciembre fue también el día en que mi novio y yo empezamos a convivir. La situación era más compleja, pero no viene al caso. En definitiva son todos los 31 de Diciembre que festejamos el final de un año, el comienzo de otro, y más un año de convivencia. El tiempo vuela. Como los papelitos en la brisa caliente del verano porteño.
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